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miércoles, 26 de agosto de 2026

Crianza por algoritmo: El costo de delegar el hogar en la República Dominicana

Por Luis Aníbal Medrano Silverio

 

La responsabilidad principal del cuidado, crianza y protección de los hijos corresponde enteramente a los padres y tutores, no al Estado ni a las autoridades. El rol de las instituciones públicas es subsidiario; su deber es ofrecer apoyo, educación y seguridad, pero nunca sustituir la obligación afectiva, formativa y de supervisión de la familia.

 

El Rol Fundamental de los Padres vs. el Estado

 

Crianza moral y afectiva: Los padres forman los valores, la disciplina y la estabilidad emocional. El Estado no puede proveer afecto ni guiar la conducta diaria.

 

Supervisión directa: Conocer el entorno, las amistades y las actividades de los hijos es un deber doméstico. Las autoridades solo intervienen cuando se quiebra la ley.

 

Provisión básica: Alimentar, vestir y dar un hogar seguro es una obligación legal y moral de los progenitores.

 

Uso correcto de los servicios públicos: Las escuelas y centros comunitarios son aliados educativos, no guarderías ni centros de corrección conductual.

 

Consecuencias de Delegar la Crianza en las Autoridades

 

Saturación del sistema: Los recursos públicos destinados a emergencias o vulnerabilidad real se agotan en atender negligencias familiares evitables.

 

Vulnerabilidad en los jóvenes: Los hijos que crecen sin límites parentales claros tienen mayor riesgo de caer en la delincuencia o adicciones.

 

Judicialización de la familia: Cuando los padres fallan, el Estado se ve obligado a intervenir mediante trabajadoras sociales, multas o la pérdida de la patria potestad.

 

El nivel de desorientación en la República Dominicana respecto a la responsabilidad de la crianza es crítico y alarmante, impulsado por un fenómeno que sociólogos y comunicadores dominicanos describen como una abierta "crisis de valores" e "inversión de la conducta".

 

Los medios digitales y tradicionales han transformado la percepción de la autoridad parental, creando una distorsión en la que se normaliza el traspaso de las obligaciones del hogar hacia entes externos.

 

Esta desorientación se manifiesta de forma muy específica a través de las siguientes dinámicas:

 

1. La cultura del "Sonido" y los antivalores

 

Validación de la marginalidad: Las plataformas y programas de entretenimiento digital premian el lenguaje soez, la vulgaridad y la conducta antisocial.

 

Esto genera una disonancia cognitiva en los jóvenes, quienes ven que el éxito económico y el reconocimiento social no provienen del esfuerzo o los valores promovidos en el hogar, sino de conductas disruptivas.

 

Efecto algoritmos: La estimulación constante a través de contenidos nocivos de corta duración debilita el desarrollo y fomenta la gratificación inmediata, dificultando la disciplina impuesta por los padres.

 

2. Evasión de la culpa y victimización mediática

 

El Estado como chivo expiatorio: Ante tragedias, delincuencia juvenil o deserción escolar, los paneles de opinión en radio, televisión y redes frecuentemente culpan de manera exclusiva a la Policía Nacional, al Ministerio de Educación o al Gobierno.

 

Raras veces se cuestiona públicamente la supervisión, el paradero o la complicidad de los padres de los menores involucrados.

 

Normalización de la negligencia: Al presentar la falta de recursos económicos como la única causa de la descomposición, los medios liberan a los progenitores de su carga moral, sugiriendo que la falta de dinero justifica la ausencia de supervisión y de guía afectiva.

 

3. Espectacularización de los conflictos familiares

 

Monetización de la intimidad: Existe una tendencia creciente donde los propios padres exponen los conflictos, mal comportamiento o la vida privada de sus hijos menores en las redes sociales para ganar seguidores ("likes") y monetizar. Esto quiebra el rol de protección del tutor, convirtiendo la privacidad del menor en mercancía.

 

Exhibicionismo del castigo o la permisividad: Se difunden masivamente videos de violencia intrafamiliar como método de disciplina, o, por el contrario, videos que celebran la hipersexualización o conductas adultas en niños, desorientando el criterio de lo que constituye una crianza saludable.

 

4. Sustitución de la autoridad por la pantalla

 

Niñeras digitales: Los dispositivos móviles y los creadores de contenido han reemplazado el tiempo de calidad, la conversación y el acompañamiento de los padres. Muchos progenitores delegan el cuidado emocional en influenciadores cuya prioridad es el entretenimiento masivo, no la educación ni la formación ciudadana.

 

Esta alarmante desconexión mediática ejerce una enorme presión sobre las familias dominicanas. Para contrarrestarla, líderes sociales y jurídicos recuerdan constantemente que, ante la ley de la República Dominicana, los padres mantienen la responsabilidad civil y penal absoluta por las acciones de sus hijos menores, recordándoles que el entorno digital no los exime de sus obligaciones legales de supervisión y cuidado.

 

1: "La crisis de valores en la República Dominicana no se solucionará con más patrullaje policial ni con presupuestos escolares más abultados mientras las pantallas sigan gobernando el hogar. Entregar la crianza de los hijos a los algoritmos de las redes y culpar al Estado de los fracasos domésticos es una renuncia moral insostenible.

 

Los medios y las plataformas digitales seguirán facturando con el 'sonido' y la degradación, porque ese es su negocio; pero la salvación de nuestra sociedad no vendrá de un like, sino del regreso a la autoridad, el respeto y la supervisión estricta dentro del hogar.

 

El futuro de la nación se define hoy en la sala de la casa, no en las oficinas del Gobierno.

 

En conclusión, el verdadero peligro para el tejido social dominicano no es solo la proliferación de contenidos nocivos en las redes, sino la comodidad con la que muchos padres han delegado su rol de guías a las pantallas y las autoridades. La libertad de expresión no exime a los medios de su impacto ético, pero la pobreza material jamás justificará la pobreza moral en la crianza.

 

Si aspiramos a una República Dominicana más segura y con un futuro real para su juventud, debemos entender que el Estado es un soporte, nunca un sustituto. Es hora de apagar los dispositivos, asumir las riendas familiares y recordar que un hijo con valores es la mayor obra que un ciudadano puede entregarle a su país.

 

Ningún Gobierno podrá enderezar la conducta de un ciudadano que creció huérfano de límites en su propio hogar. Mientras la sociedad dominicana siga culpando a las autoridades de las fallas que nacen en la familia, seguiremos siendo rehenes de una desorientación mediática que destruye el futuro. La patria no se cambia desde un Ministerio; se rescata desde la mesa del comedor.

 

Dejar claro que el Estado apoya, pero la familia forma. Hay que señalar que los medios buscan clics, no educar.

 

El llamado a la acción: Buscamos el despertar la conciencia al asumir el rol parental.

 

 

El autor es periodista, político, municipalista y videógrafo. 

 

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