Por Roberto Valenzuela
Juan Pablo Duarte fue, sin duda, un genio
adelantado a su tiempo. Su pensamiento político y moral no sólo dio origen a la
República Dominicana, sino que dejó advertencias claras sobre los peligros que
acechan a los pueblos que se dividen. Una de las más contundentes fue su
convicción de que una nación fragmentada, como ocurrió en Haití, estaba
condenada a la miseria permanente.
Duarte observó con atención la experiencia
haitiana. A pesar de haber logrado una hazaña histórica —ser la segunda nación
independiente de América y la primera república negra del mundo— Haití no logró
consolidar un proyecto nacional estable. Las divisiones políticas y la ambición
de pequeños grupos de poder impidieron que un país rico en minería, tierras
fértiles, ríos, montañas, costas, bellas playas pudiera desarrollarse
plenamente. En lugar de progreso, prevaleció la autodestrucción.
La historia lo confirma. El 22 de
septiembre de 1804, el general Jean-Jacques Dessalines se proclamó dizque
“emperador” con el nombre de “Jacques I”, instaurando una monarquía
autoritaria. Su mandato fue breve: el 17 de octubre de 1806 fue traicionado y
asesinado, por Alexandre Pétion y Henri Christophe. Tras su muerte, el
país se partió en dos: Christophe estableció un supuesto “reino” (se proclamó
“rey”) en el Norte y Pétion, una república (se proclamó “presidente”) en el
Sur. Desde entonces, la fragmentación ha marcado el destino haitiano, con una
élite reducida concentrando la riqueza y una mayoría sumida en la pobreza
extrema.
Ese ejemplo fue una advertencia para
Duarte. Por eso sostuvo que la República Dominicana no podía imitar a Haití,
pues los pueblos divididos “caminan hacia la ruina y son juguete de las
pasiones y de la ambición de unos pocos”. Su llamado a la unidad fue reiterado,
memorablemente, cuando en Puerto Plata exhortó a los dominicanos a permanecer
unidos si querían ser felices y libres, evitando el fraccionamiento regional
que había destruido a la nación vecina.
Hoy, cuando celebramos el natalicio
de Duarte, ese mensaje conserva una vigencia inquietante. En tiempos recientes,
una serie de hechos —no siempre aislados— han intentado proyectar la imagen de
una República Dominicana caótica, insegura y sin control. Informaciones falsas
sobre supuestos bloqueos de pandillas en la frontera, ataques simbólicos a
nuestros emblemas patrios, intentos burlescos de distorsionar el Himno
Nacional, rumores alarmistas tras la desaparición de niños que luego fueron
desmentidos por las autoridades, y denuncias amplificadas con fines
internacionales, parecen tener un hilo conductor: erosionar la estabilidad, la
identidad y la imagen del país.
No se trata de negar problemas reales ni
de cerrar los ojos ante desafíos legítimos, sino de comprender que la
desinformación, la manipulación y el irrespeto a los símbolos nacionales
debilitan a la Nación desde dentro. Duarte lo entendió con claridad meridiana:
sin unidad, no hay República posible.
Este 26 de enero no debe ser solo una
fecha para discursos y homenajes formales, sino un momento de reflexión
profunda. Defender la verdad, proteger nuestros símbolos, actuar con
responsabilidad y mantener la cohesión nacional es, hoy más que nunca, un deber
patriótico.
Como advirtió Juan Pablo Duarte, “Unidos
somos invencibles”. ¡🇩🇴✨
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