Por Miguel Ángel Cid Cid
Las instalaciones del Tribunal de Tierras estaban
vacías, las secretarias todavía sacudían los escritorios. Felipe Marte llegó en
ese instante, debía averiguar cuándo estaría lista la legalización del título.
Pero él decidió llevárselo de Montecristi hasta Santiago.
Felipe Marte trabajaba como mensajero de una oficina
de abogados ubicada en la calle Del Sol, próximo al Parque Duarte. Julio César
Valentín, entonces recién graduado, era el líder del consorcio jurídico y jefe
inmediato de Felipe.
Corría agosto del año 1989, Julio César tenía un
expediente en el Tribunal de Tierras del distrito judicial de Montecristi. El
Lic. Valentín hizo cuatro viajes a la ciudad del Morro. Quería cerrar el año
con el caso resuelto.
Lo único que logró, sin embargo, fue una confusión:
pagó mil pesos creyendo que estaba dando una propina de cincuenta. Valentín se
dio cuenta del error al llegar a Santiago.
Cansado de dar viajes sin ver resultados, Julio
César llamó a Felipe, su mensajero.
— Felipe —le dijo— agarra esos dos mil pesos, vete
mañana temprano al Tribunal de Tierras de Montecristi para que averigües en que
está el expediente del título.
Felipe Marte, obediente al mandato de su jefe, al
día siguiente se levantó de madrugada. Ni siquiera tomó café en su casa. Se fue
a la parada del expreso ubicada en la rotonda del Ensanche Libertad.
La guagua estaba parqueada, lista para salir hacia
su destino. Felipe abordó el autobús —pero antes compró un café— se sentó, unos
cuantos minutos después el chofer hizo lo mismo. Él encendió y puso en marcha
el vehículo.
Cerca de dos horas duró el viaje de ida. Felipe
pidió la parada frente a la explanada del Palacio de Montecristi. Se desmontó
próximo a las 9:00 de la mañana, caminó a pasos rápidos, no quería llegar
tarde.
Felipe, ya dentro del palacio de justicia buscó la
oficina del Tribunal de Tierras. A poco de caminar se topó de frente con el
letrero que anunciaba lo que él buscaba. Sin perder tiempo entró, saludó al
personal presente con formalidad.
— Buenos días distinguidas licenciadas, les dijo.
Las jóvenes, mientras sacudían sus escritorios,
respondieron con igual formalidad.
— Buenos días señor, qué desea usted.
Felipe, explicó a las tres jóvenes el móvil de su
visita. Ellas se mostraron desentendidas, como si no supieran nada del
expediente indicado por el recién llegado.
La maestría creativa de Felipe se puso en marcha de
inmediato. Preguntó:
— Licenciada, ¿usted y sus compañeras ya
desayunaron?
— Para nada señor, no hemos comido nada.
Felipe, por derivación, pidió permiso para salir un
rato. Media hora más tarde regresó con tres vasos rebosados de batida de lechosa
con leche, acompañados de tres sanguches de jamón y queso. Uno para cada una.
Sin embargo, debajo del sanguche de la secretaria
que lo atendía colocó quinientos pesos en papeletas de cien. Los cubrió con una
servilleta para evitar la contaminación del pan.
Las muchachas le dieron las gracias. Pero cuando la
indicada comprobó lo del dinero en su platillo se apresuró a preguntar:
— Señor, ¿cómo me dijo que se llama y cuál es el
expediente que usted busca?
Marte, entonces, volvió a explicarle cual era el
expediente de su interés. Luego la joven le dijo:
— Señor Felipe, dese una vuelta por el pueblo y
regrese dentro un rato, puede ser en una hora, para ver como localizamos ese
expediente.
Felipe salió, se fue al mismo negocio donde compró
las batidas y los sanguches para las jóvenes. Compró desayuno para él. Se sentó
calmado, seguro que las secretarias iban a complacer su solicitud.
No era para menos, Felipe le elevó al máximo la
autoestima. Los quinientos pesos —para entonces— representaban más de la mitad
del salario mensual de las tres jóvenes juntas.
El folder con el expediente estaba de último en el
orden. La secretaria —desde que Felipe salió— lo sacó de abajo del paquete y lo
puso de primero.
Cuando el magistrado llegó, inició su trabajo. El
primer título que firmó y mandó colocar sus respectivos sellos fue el del
cliente de Julio César Valentín.
Al rato llegó Felipe a la oficina, la secretaria del
tribunal le dijo:
— Señor Felipe, aquí tiene usted su expediente con
el título legalizado, gracias por venir.
Por su lado, Felipe retornó a Santiago. Antes de las
cuatro de la tarde estaba entrando al consorcio de abogados de Valentín. Le
entregó quinientos pesos y le dijo:
— Licenciado, aquí está el título legalizado, ya
todo está resuelto.
Fue así que Felipe —con menos de dos mil pesos y un
solo viaje a Montecristi— resolvió lo que su jefe no pudo en cuatro
viajes.

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