Dr. Isaías Ramos
Un país no fracasa porque le falten
recursos. Fracasa cuando sus instituciones dejan de servir al ciudadano y
comienzan a servir a los privilegios. Fracasa cuando la Constitución promete
dignidad, bienestar y justicia social, pero la práctica política reparte
exenciones, contratos, subsidios mal diseñados, deuda y cargas tributarias
sobre los mismos hombros de siempre.
La República Dominicana no necesita
escoger entre Estado y mercado. Nuestra Constitución consagra un Estado Social
y Democrático de Derecho, fundado en la dignidad humana, los derechos
fundamentales, el trabajo, la soberanía popular y la separación de poderes.
También garantiza la libre empresa y la propiedad privada; pero ordena proteger
la competencia libre y leal, evitar los efectos nocivos y restrictivos del
monopolio y del abuso de posición dominante, y reconoce que la propiedad tiene
una función social. Mercado, sí; empresa, sí; propiedad, sí; pero nunca por
encima de la dignidad del ciudadano.
Los países que se desarrollan no subsidian
la ineficiencia: financian productividad. Usan crédito, incentivos y subsidios
para crear empleo formal, innovación, exportaciones, infraestructura, energía
eficiente y salarios dignos. Los países capturados hacen lo contrario:
convierten el subsidio en dependencia, la exención en renta privada, el
contrato en premio político y la deuda en hipoteca contra el pueblo.
La deuda pública consolidada ya no permite
eufemismos. A abril de 2026, alcanzó US$82,790.8 millones, equivalente al 61.4
% del PIB: US$66,408.5 millones del Sector Público No Financiero y US$16,382.2
millones del Banco Central. Esa cifra compromete ingresos futuros y estrecha el
margen para salud, educación, seguridad, vivienda, agua, transporte y energía.
Y aun así, el problema puede ser mayor.
RDVial muestra la zona gris. En 2024, el fideicomiso registró recaudación de
peajes por RD$9,065.7 millones, pagó intereses por RD$5,332.6 millones y cerró
con RD$67,076.5 millones en deuda a largo plazo y bonos por pagar. Dicho sin maquillaje:
un monto equivalente a casi el 59 % de lo recaudado en peajes terminó destinado
al pago de intereses. Cuando los peajes del ciudadano financian principalmente
el costo financiero de la deuda, ya no hablamos solo de infraestructura:
hablamos de ingresos públicos futuros comprometidos para pagar obligaciones
presentes.
La discusión constitucional es inevitable:
si un fideicomiso administra patrimonio público, derechos de cobro públicos o
flujos pagados por ciudadanos, su deuda y sus riesgos fiscales deben
transparentarse. No basta decir que no está en el presupuesto ordinario. Si el
pueblo paga, el pueblo tiene derecho a saber. En RDVial, los estados
financieros identifican como activos intangibles los derechos recibidos del
Estado dominicano sobre ingresos por cobro y recaudación de peajes.
Ahora se presenta la Ley 30-26 bajo el
discurso de crecimiento, sostenibilidad fiscal y protección social. El Gobierno
afirma que busca captar entre RD$40,000 y RD$50,000 millones adicionales, sin
modificar la tasa ni la base del ITBIS. Pero incluye el aumento del impuesto a
cheques y transferencias electrónicas de 0.15 % a 0.2 % y diez dólares
adicionales al impuesto sobre pasajes aéreos.
La pregunta no es solo quién firma el
impuesto; es quién termina pagándolo. En mayo de 2026, la inflación interanual
fue 5.35 %, con alimentos y bebidas no alcohólicas en 6.56 % y transporte en
7.47 %. En ese contexto, elevar costos financieros, operativos y de transporte
puede trasladarse a precios, servicios y consumo. Tal vez no se llame impuesto
a la canasta básica, pero cuando sube el costo de mover dinero, transportar
personas y operar negocios, el consumidor termina pagando.
La contradicción se agrava al mirar las
exenciones. Para 2026, el gasto tributario estimado asciende a RD$393,541.54
millones, equivalente al 4.54 % del PIB: casi ocho veces la meta máxima de la
reforma. No todo gasto tributario es privilegio; algunas exenciones protegen
bienes y servicios esenciales. Pero cuando una exención no demuestra retorno
social, empleo digno, productividad, innovación, competencia o reducción de
precios, deja de ser incentivo y se convierte en privilegio. Y cuando ese
privilegio se financia con deuda e impuestos al pueblo, se vuelve ilegítimo,
injusto e inmoral.
También se castiga a la diáspora. El
aumento de diez dólares al pasaje aéreo golpea al dominicano ausente que viene
a ver a su madre, invertir sus ahorros, enterrar a un familiar o traer a sus
hijos para que no pierdan la patria. Esa misma diáspora envió US$5,170.1
millones en remesas entre enero y mayo de 2026. No es una caja registradora: es
parte viva de la nación. No se puede celebrarla cuando envía remesas y
castigarla cuando regresa.
En el Frente Cívico y Social entendemos
que la República Dominicana necesita una reforma, sí; pero una reforma que
empiece por el poder, no por el bolsillo del pueblo. Una reforma que audite
exenciones, condicione incentivos, transparente fideicomisos, revise subsidios,
reduzca deuda improductiva, transparente gastos e inversiones públicas y
proteja a quienes sostienen la economía real: la clase media, los trabajadores,
los productores, los emprendedores y la diáspora dominicana. Una reforma para
que el crecimiento deje de ser estadística y se convierta en dignidad
cotidiana. No estamos contra la empresa. Estamos contra el abuso. No estamos
contra la riqueza. Estamos contra un Estado corporativo, clientelar y de
privilegios.
Ya basta. Es tiempo de gobernar. Es tiempo
de activar el orden constitucional.

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